
La sostenibilidad ha dejado de ser un valor añadido para convertirse en una condición exigida por el mercado, los reguladores y la sociedad. Sin embargo, no todo lo que se presenta como verde responde a una realidad contrastada. El fenómeno conocido como greenwashing, es decir, cuando se comunican compromisos medioambientales sin el debido respaldo técnico, ha puesto en entredicho la confianza en muchos discursos empresariales.

En un mundo cada vez más consciente de la urgencia climática y social, las normas técnicas de sostenibilidad han surgido como pilares de la gestión ambiental y la responsabilidad corporativa.Sin embargo, lo que se presenta como un avance civilizatorio para la protección del planeta, también está levantando una nueva generación de barreras no arancelarias que amenazan con restringir el acceso a los mercados, especialmente para los países y productores en desarrollo.

El 2025 no ha sido un año cualquiera. Ha marcado un punto de inflexión en ciertos ámbitos políticos y empresariales, a nivel geoestratégico y también en el marco tecnológico.

A lo largo de las últimas décadas, sobre todo desde la llegada de las nuevas tecnologías a nuestras vidas, cada avance tecnológico ha sido una puerta que se abría hacia lo desconocido, hacia la incertidumbre y, en cierta medida, hacia el miedo. Pero esto no es nada nuevo, ya que el ser humano, casi por naturaleza, teme al cambio y lo recibe con cautela.

Las discusiones en la familia relacionadas con impacto, legado, identidad y poder positivo de la riqueza pueden ser la entrada ideal para preparar a las futuras generaciones a las responsabilidades que conlleva la riqueza. En este sentido el patrimonio puede ser una poderosa herramienta comunicativa.

Mirar atrás para ver el trayecto recorrido durante el pasado año 2025 es echar un vistazo al último tramo. Todo es tan frenético que los recuerdos, los hechos y las leyes, las dichosas leyes, se van superponiendo. Si me lo permitís, compartiré el regusto de lo que se me ha quedado, ya está la IA y sus prompts para otro tipo de contenido.

Todavía hay organizaciones en las que se confunde liderazgo con control. Control del entorno, de los procesos, de las personas y, si fuera posible, del futuro. La creencia dominante ha sido siempre la misma: cuanto más estable es un sistema, mejor funciona. Pero la complejidad del entorno se encarga de desmontar nuestras creencias más profundas a base de crisis, disrupciones y cambios que no piden permiso.

Lo grave de la falta de ética es que hemos provocado la descontextualización de las acciones humanas, que dejan de ser determinadas por los principios y son sustituidas por una estructura cambiante de normas. Esa realidad es una conclusión que he repetido en nuestro seminario de debate en los cuatro o cinco últimos años.

Como ingeniera, entiendo que, aunque no todas las ecuaciones son sencillas de resolver, identificar y combinar correctamente las variables nos permite abrir infinitas posibilidades y acercarnos a soluciones valiosas.En liderazgo ocurre lo mismo: los resultados dependen de cómo conectamos propósito, diversidad y talento, y de la coherencia con la que los integramos en la práctica diaria.

Se habla mucho de transición ecológica en términos de objetivos, planes y grandes inversiones. Sin embargo, una parte decisiva del cambio se juega en un terreno más cercano: qué ocurre cuando la sostenibilidad llega a un municipio, se traduce en puestos de trabajo y consolida una actividad económica con vocación de permanencia.