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Jueves, 11. Marzo 2010
La voluntariedad, totem y tabú de la RSE
02 de Noviembre de 2009 - 07:57:00 por josep maría lozano

 

 

Josep M. LozanoYa han tenido lugar en las sedes de ESADE en Barcelona y Madrid las presentaciones de mi libro La empresa ciudadana como empresa responsable y sostenible. Creo que han sido dos actos muy interesantes, en los que los diversos ponentes y los asistentes (gracias por acompañarme) han planteado cuestiones de gran calado. Como, por razones obvias, soy la única persona que ha asistido a las dos, hay algo que me ha llamado mucho la atención: desde el punto de vista del contenido los dos actos han sido bastante diferentes, y las cuestiones que se han planteado en Barcelona no han sido las mismas que las que se han planteado en Madrid. Pero ha habido una coincidencia: en ambos lugares se ha planteado la necesidad de revisar a fondo un tópico de la RSE: el de su voluntariedad. Revisar en el sentido de que quizá la voluntariedad no es algo que deba ser tan obvio y evidente.


    La voluntariedad ha sido uno de los grandes totems de la RSE. Algo casi sagrado, que se daba por supuesto y más allá de lo cual no se podía pensar la RSE. Dame el punto de apoyo de la voluntariedad y levantaré el mundo de la RSE, era el mantra indiscutible. Axiomático… y tabú. ¡Ay de quien osaba dudar de él! Expulsado de la comunidad que piensa bien (¿bienpensante?) la RSE. Yo mismo he defendido –y defiendo- el supuesto de la voluntariedad. Me parece que hay buenas y sólidas razones para hacerlo. Pero la inercia y la repetición han sustituido las razones a favor de la voluntariedad por la conversión de la voluntariedad en una muralla defensiva.


   Primera línea de defensa: la voluntariedad entendida como arbitrariedad. Yo me lo guiso y yo me lo como. Como la RSE es voluntaria, hago lo que quiero y puedo hacer cualquier cosa (y de la manera que crea conveniente). Este planteamiento se apoya en el uso malévolo del problema de las definiciones que arrastra la RSE. Siempre he defendido que el reto de la RSE no son las definiciones sino las interpretaciones. Que la lucha por establecer una definición no es otra cosa que la lucha por el poder de imponer una interpretación. Que la RSE es un marco de referencia, y no una norma de obligado cumplimento. Ahora bien: la voluntariedad (que forma parte de dicho marco de referencia) no significa arbitrariedad; no significa que el mero ejercicio de mi voluntad es una varita mágica que lo convierte todo en legítimo, aceptable, adecuado y conveniente.


   Segunda línea de defensa: la voluntariedad entendida como inmunidad a la crítica. Esta actitud se vincula a una de las confusiones más extendida en nuestras sociedades, en las que sobreabunda un supuesto liberalismo ñoño, infantil y primario. Según este enfoque la libertad de elegir convierte en incriticable el contenido de la elección. Como si criticar las elecciones concretas que alguien lleva a cabo laminara o amenazara su libertad para elegir. Como he elegido libre y voluntariamente, todo cuestionamiento de la elección que he llevado a cabo es un cuestionamiento a mi libertad y a mi voluntad. La apoteosis de esta distorsión es la tan extendida jaculatoria de que hay que respetar todas las opiniones, o que todas son igualmente respetables. Dejando de lado el hecho de que a menudo cuando alguien le dice a otro que respeta mucho su opinión lo que quiere comunicarle realmente es que ya puede decir lo que quiera, que a él le importa un comino; porque hay gente que confunde respetar una opinión con permitir hablar a otro y perdonarle la vida bajo la condición de no escucharle. Pero más allá de esta estupidez tertuliana, el problema de fondo es que no todas las opiniones son respetables, o igualmente respetables. Lo que hay que respetar son las personas en tanto que tales y su derecho a opinar. Pero cuestionar lo que dicen, discutirlo y, si se tercia, ponerlo en evidencia no limita su derecho a opinar (si me apuran, incluso puede ayudarle a ejercerlo mejor). Del mismo modo, que hacer algo sea voluntario no quiere decir que debamos aceptar sin más lo que se hace. Y menos que debamos aceptarlo bajo la falacia de que, si no lo hacemos, estamos amenazando o cuestionando el principio de voluntariedad.


   Tercera línea de defensa: la voluntariedad entendida como protección ante cualquier exigencia. Ya que hago voluntariamente –lo que sea-, encima que no me vengan con exigencias. La voluntariedad confundida con una concesión magnánima frente a la cual solo cabría la reverencia y el agradecimiento. Cuando se trata de exactamente lo contrario, especialmente en el ámbito de la RSE. Puesto que no te obligan y lo haces voluntariamente, tenemos derecho a esperar y a exigir coherencia, consistencia y seriedad. La voluntariedad no es una coartada para que no me molesten, sino que genera compromiso y se realiza en él. La voluntariedad me compromete ante y con aquellos con los que comparto el mismo ejercicio de la voluntad.


    La voluntariedad es un componente de la RSE, ciertamente. Pero no es ni un totem ni un tabú. Más aún: la defensa de la voluntariedad no nos debe impedir reconocer lo que yo considero la paradoja de la RSE, paradoja que apareció de manera recurrente en ambas presentaciones: por lo general las empresas, si no las aprietan, si no les exigen, si no la obligan no avanzan en la dirección de la RSE. Y un elemento crucial en el que se insistía es en la presión de los poderes públicos. De ahí que tanto en Barcelona como en Madrid se alzaran voces reivindicando la regulación de la RSE, incluso por parte de personas que en el pasado la rechazaban.



    Este será, sin duda, uno de los puntos calientes del debate de la RSE próximamente en Europa y, probablemente, en otras partes del mundo. Con una salvedad, al menos por mi parte: que deberíamos prohibirnos hablar de regulación –del tipo que sea- de la RSE, en general. Entre otras razones porque en el marco de la RSE ya hay mucha regulación (laboral, ambiental, etc.). De lo que habrá que hablar es de regulaciones específicas en ámbitos concretos y delimitados de la RSE.



Porque la voluntariedad es un criterio de la RSE. Pero no es ni un totem ni un tabú.



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