La verdadera cuestión pendiente en los inicios del siglo XXI es cuál es la función de una escuela de negocios, cuál es su razón de ser, qué contribución hace a la sociedad y qué la legitima ante la sociedad.
Una de las principales dificultades para el desarrollo de la RSE es la persistencia en plantear su valoración en términos binarios y en el terreno de las intenciones que cada quién atribuye a los demás.
Las manzanas podridas muy a menudo son el resultado de procesos de socialización en los que, en una gradación creciente, se llevan al extremo pautas de conducta no tan sólo toleradas, sino consideradas normales en la organización.
Si se me permite decirlo en un lenguaje propio de las películas del far-west, ha llegado el momento de no estar sólo contra los malos, sino también a favor de los buenos.
Con un auditorio de cientos de personas se celebró en Madrid la Jornada "Nuevos valores, nuevos liderazgos" de APD. En el programa, muchas entidades colaboradores y un plantel de ponentes de primer nivel, combinando perfiles empresariales con filósofos muy mediáticos, de la talla de Fernando Savater y José Antonio Marina. El planteamiento no podía ser más interesante: reflexionar sobre las causas de fondo de la actual crisis económica y financiera y recuperar ciertos valores para la ética empresarial, promoviendo además el fortalecimiento de la sociedad civil. Merece la pena hacer de reportero del evento y rescatar algunas de esas reflexiones filosóficas.
El título de esta exposición actual y sugerente, hace alusión a las nuevas formas que manejan ya no políticos (sin exculparlos de nada) sino funcionarios de cierto Ministerio para influir y favorecer la contratación y subcontratación de obras y servicios.
No solo es importante, sino también urgente, que los valores y la ética del servicio público dejen de ser invisibles. Y ello requiere que también dejen de serlo –como colectivo- sus profesionales.
La RSE lleva como marca de fábrica un déficit de clarificación axiológica, y su gran aportación (poner el foco en la realidad organizativa tomada en sí misma, y no de manera subordinada a un discurso ideológico o a la moral personal) algún día deberá conectarse con su mayor limitación: la ausencia de un modelo antropológico y de un modelo de sociedad sobre los que apoyarse y articularse.
A principios de este año Adolf Merckle se arrojó ante un tren y acabó con su vida agobiado por un serio problema financiero. ¿Qué es lo raro -podría preguntar alguien- si hay suicidios todos los días y en todas partes? Lo paradójico del caso, es que se trataba de un multimillonario alemán poseedor de una de las cien mayores fortunas del mundo, según informa la revista Forbes el año 2008. Un perfil que no cuadra con la categoría de los mal llamados “losers” destinados a ser números en frías estadísticas.
Son tiempos de incertidumbre, en los que muchas empresas optan por soluciones de corte táctico orientadas a capear el temporal y aguantar el chaparrón en espera de que amaine. Pero limitarnos a este tipo de decisiones puede desvirtuar el propio producto o servicio, y las consecuencias que puedan tener a largo plazo sobre la marca. Frente al nuevo consumidor, más informado y más exigente, nunca había tenido tanto sentido apostar por la creación de valor añadido y la innovación de las marcas.
La empresa es una institución económica, por supuesto. Pero no produce tan sólo productos y servicios. Al hacerlo también trabaja -en la práctica- con valores: potencia e incentiva a unos, rechaza o diluye a otros; pone a unos en el frontispicio de la vida pública, y envía otros al cuarto trastero.
Creo que deberíamos preguntarnos si nuestras elites tienen el coraje de decir la verdad. No en el sentido de no mentir (cosa que, por cierto, en algunos casos sería de agradecer); sino en el sentido de una veracidad honesta y coherente con las propias convicciones.
Aunque corro el riesgo de que a más de uno le venga a la memoria una famosa aparición de Francisco Umbral en un programa de Mercedes Milá, por una vez, y sin que sirva de precedente, "he venido aquí a hablar de mi libro".
Si hay algo que me sulfura y que me provoca desconcierto y malestar es constatar como, desde hace ya bastante tiempo, se ha consolidado el uso del calificativo radical para referirse a las personas que llevan a cabo actuaciones violentas. Tertulianos, informadores, articulistas y editorialistas hablan alegremente de los radicales cuando los protagonistas de la información son, lisa y llanamente, violentos. Además, y muy a menudo, radical pasa a ser un adjetivo que acompaña a sustantivos tales como los jóvenes o el nacionalismo, (o a los aficionados al fútbol) contaminándoles de tal modo que los acaban coloreando de manera indeleble, y quizá no siempre de manera inocente.
Los departamentos de RSE (y sus responsables) deben manejar simultáneamente el reto de de la asimilación (de puertas a dentro) y el reto de la realización (de puertas a fuera). Dos retos por los que son exigidos al máximo nivel y de manera simultánea (internamente y externamente), pero cuya resolución no está totalmente en sus manos. www.josepmlozano.cat
Esta es una de las grandes paradojas de la RSE: sin especialistas no avanza, pero tampoco avanza si se reduce a una cuestión de especialistas. www.josepmlozano.cat
Deberemos repetirlo a menudo: difícilmente podremos tener empresas responsables sin personas que lo sean. En consecuencia, debemos plantearnos claramente hasta qué punto el desarrollo corporativo de la responsabilidad empresarial requiere del desarrollo de la responsabilidad personal. www.josepmlozano.cat