El debate en torno a la participación del sector privado en la lucha contra la pobreza ha superado ya definitivamente la discusión de si esta cuestión le es propia o no. Es evidente que la empresa se enfrenta - para bien o para mal - a los retos globales de la humanidad y que su papel es, y será, preponderante en la solución de cuestiones que afectan las condiciones de vida y también, y hay que decirlo, el sufrimiento cotidiano de un cuarto de la población mundial.
En el pasado año 2009 se registraron 31 conflictos armados en el mundo. Asia y África fueron los continentes en los que más hubo, con 14 y 10 respectivamente. Pero no vamos a tratar este tema ahora, sino la incidencia que tienen las empresas en la reconstrucción de un país después de un conflicto armado sabiendo que el objetivo común no consiste en regresar simplemente a las condiciones que había antes de la crisis sino, al contrario, crear las condiciones indispensables para garantizar la paz duradera y el desarrollo sostenible.
Creo recordar que era Jean-Paul Sartre quien decía que el hombre nacía libre, responsable y sin excusas. Esta reflexión me ha venido a la memoria al leer el último informe que EIRIS acaba de publicar, en el que afirma que algunas de las principales empresas a nivel mundial de determinados sectores continúan teniendo serias dificultades para aplicar en sus cadenas de suministro las normas fundamentales del trabajo de la OIT.
Desde hace algún tiempo, aparece con más frecuencia un movimiento conceptual que postula una articulación de la RSE vinculada a los factores que configuran la llamada ESG (por sus siglas en inglés). En los últimos años se ha hablado largo y tendido de los dos primeros elementos que la conforman –los aspectos sociales y medioambientales–, pero, respecto al tercero, que se refiere a la gobernanza, me llama la atención que no se le haya asociado la palabra corporate.
Integrar los derechos humanos en el negocio no consiste en multiplicar las actividades externas de acción social, ni en crear un nuevo departamento aislado en la empresa. Implica considerar los derechos humanos en las decisiones, incorporándolos a la gestión de los procesos y contenidos empresariales cotidianos, no sólo en la empresa madre y las filiales sino también influyendo para que esto ocurra en la cadena de valor. Únicamente las empresas que trabajen con valores y derechos humanos reconocidos universalmente tendrán éxito a largo plazo, tal y como está revelando la crisis económica y financiera actual.
La noticia del mes ha sido sin duda alguna la del juicio a Royal Dutch Shell por su presunta complicidad en la muerte del escritor nigeriano Ken Saro-Wiwa y ocho activistas más en 1995 tras la celebración de un juicio sin garantías orquestrado por la Junta militar de este país
Dicen las malas lenguas que la crisis pondrá definitivamente a prueba a la RSE. No creo que esto sea cierto, y es más, no sería más correcto preguntarse lo contrario o ¿es que acaso la RSE no va a poner en jaque a la crisis o, más bien, a la era post-crisis?
María Prandi
Instituto de innovación social de ESADE
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