Si hay algo clásico cuando los periódicos informan sobre un nombramiento para un cargo directivo en una empresa, es hacer constar en qué universidad o escuela de negocios han estudiado. Algunos departamentos de prensa están encantados con esta costumbre, porque así pueden sumar "impactos" comunicativos. Pues bien: estas últimas semanas también hemos visto a diversos directivos ser noticia en los medios de comunicación, en muchos casos debido al dudoso honor de haber contribuido activamente al hundimiento de la empresa en la que trabajaban (y por haber cobrado sustanciosas cantidades por conseguirlo, dicho sea de paso). Pero curiosamente, en estos casos nunca hemos sabido dónde se habían formado, como si fueran verdaderos apátridas intelectuales.
No pensemos sólo en los altos directivos: cuando hay crisis como la actual, también es un clásico la foto de los profesionales despedidos que dejan su trabajo cargando con una caja de cartón. ¿Y qué cargan, en esta caja? No lo sabemos, pero podemos especular que quizás una de las cosas que probablemente llevan es su título de MBA. Esta especulación no es una boutade: un destino prioritario de los MBA ha sido la banca de inversión. Para más de una escuela de negocios de primer nivel, empresas como las que han quebrado han sido un destino preferente de sus MBA en los últimos años. Lo que no tiene nada de extraño, puesto que ofrecían jugosos ingresos a quienes contrataban, y de paso, eso hacía que las escuelas de negocios subieran en los rankings correspondientes, dado que una de las cosas que más se valora para mejorar en la clasificación en estos rankings es el incremento salarial que obtienen los MBA después de haberlo cursado, comparado con lo que ganaban antes de hacerlo. Así pues, quizás no nos debería sorprender tanto que, cuando se convierten en masters del universo, se embolsen unas remuneraciones astronómicas, si uno de los mensajes principales que reciben desde su formación es que un indicador preferente por valorar el centro en el que estudian es la cifra que pasan a ganar cuando finalizan. Además de lamentarse ante lo que ha pasado, quizás las escuelas de negocios también deberían preguntarse hasta qué punto han contribuído a ello. Tal vez no haya sido una contribución bajo una estricta relación causa-efecto, pero alguna sincronicidad debe haber, al menos similar a la que exhiben cuando algún directivo prospera en el mundo empresarial.
Algún día las escuelas de negocios tendrán que preguntarse hasta qué punto en los últimos años la presión de los rankings (y su lógica) ha condicionado, cuando menos, su discurso, sus mensajes y su comunicación. Pero mientras llega este día, hay bastantes cosas a hacer, cosas que quizás nunca deberían dejar de hacerse. Es verdad que hace falta revisar los currículums y algunos aspectos de los programas de formación. A propósito: estoy seguro de que, en estos momentos, ya se ha dado el pistoletazo de salida para ver cuál es la primera escuela de negocios que puede aparecer en los medios de comunicación diciendo que sus alumnos analizan, por ejemplo, el "caso Lehman Brothers" para entender qué ha pasado y ayudar a evitar que se pueda repetir. Eso está muy bien, por supuesto. Pero últimamente me viene a menudo a la memoria un libro de John Elkington, que fue uno de los primeros en los que se hablaba de lo que ahora se denomina la triple cuenta de resultados. El libro se titulaba Cannibals with forks, y planteaba provocativamente la pregunta de si el progreso consiste en conseguir que los caníbales coman con tenedor.
Pues bien: creo que la crisis actual también plantea a las escuelas de negocios si su función sólo es enseñar a comer con tenedor. Si su trabajo sólo es mejorar los instrumentos que se usan, las capacidades y habilidades que se adquieren, las tecnologías que se manejan y los conceptos que se aprenden. Pero desde el supuesto de que la cuestión de quién las usa y para qué no les atañe en tanto que escuelas de negocios. Es evidente que instrumentos, capacidades, habilidades, tecnologías y conceptos son fundamentales. Y cuanto más desarrollados y afinados, mejor. Pero entreverado con todos ellos existe también un debate ideológico y valorativo que les pide -y les pedirá- cada vez más que se definan: qué modelo de empresa y, sobre todo, qué modelo de éxito empresarial transmiten en todos y cada uno de sus mensajes y de sus actividades, tanto docentes como no docentes. Ninguna escuela de negocios podrá zafarse en los próximos años de tener algo que decir sobre los valores y los modelos de empresa que propone y defiende, y cuáles cuestiona y rechaza. A sabiendas de que, al hacer eso, a diferencia de cuando se limitaba a hablar de técnicas de gestión (de tenedores, vaya) no podrá satisfacer todo el mundo.
Es evidente que, como tantas cosas, muchas de estas cuestiones no nacen con la crisis. Porque ya hace tiempo que están sistemáticamente presentes en la agenda de algunas escuelas negocios. Esto se refleja, por ejemplo, en el proyecto Beyond Grey Pinstripes donde, con algunas limitaciones evidentes que ahora no vienen al caso, se pone de manifiesto que estas preocupaciones no son ni han sido ajenas a muchas escuelas de negocios.
No obstante, lo que sí que creo es que el reto que plantea la crisis actual a las escuelas de negocios no es, en último término, sólo un reto de currículum: es también -y sobre todo- un reto ideológico y de identidad.
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