El ciudado del medioambiente y el compromiso social son cuestión de conciencia. Los ciudadanos no sólo no estamos concienciados, sino que además mentimos acerca de ello !!! En pocas palabras: nos hacemos trampas en el solitario...
Seguramente piense el lector que el título de esta tribuna, en un diario de responsabilidad social como éste, esta dedicado al porcentaje de ciudadanos que realmente creen en la sostenibilidad empresarial: el 1%.
Pensará el que lea, el que sienta curiosidad por ir más allá del titular, que es un ensalzamiento quizá de esos pocos y silentes individuos anónimos, más o menos alternativos, que practican cada día el compromiso social y medioambiental. En cierto modo es así, pero lo que aquí hoy quiere destacarse no es el la actitud comprometida verde y socialmente justa de ese 1%, sino algo mucho más simple: son los únicos ciudadanos que no mienten en las encuestas. A ellos está dedicada esta tribuna.
Unos americanos han realizado un estudio en el que preguntaban a la puerta del supermercado: Ud cuando compra, ¿se preocupa por saber si los productos son respetuosos con el medioambiente?; ¿Pagaría Ud más por un producto si tiene la garantía de que es respetuoso con el medioambiente o los derechos humanos? El porcentaje de “Si, pagaría más” era cercano al 30 por cien. Pues bien, los propios encuestadores esperaban al encuestado a la salida del supermercado, le pedían que mostrara su compra y el pobre terminaba confesando que había comprado aquello que estaba de oferta. El 1% de ciudadanos afirmó que tenía en cuenta estas cosas, y que pagaría más por la garantía de respeto al medioambiente, y lo hizo realmente. No mienten; el 1% dice la verdad.
Y es que no aprendemos…Que de toda encuesta, estudio, o ranking que se precie, la mayor utilidad está en la información de “gap”, es decir, en poder conocer las oportunidades de mejora. Y en esto, claramente, está en la concienciación ciudadana. Una conciencia aún por despertar y en lucha permanente con los elementos.
La conciencia medioambiental, por ejemplo, lucha cada día con el reloj. Porque exceptuando a unos pocos afortunados, vivimos con prisa, con mucha prisa. Por eso usamos nuestro coche antes que el transporte público. Por eso no encontramos el momento de acercarnos al contenedor de la esquina con los envases de vidrio. Por eso dejamos cacharros y más cacharros encendidos o en espera consumiendo energía. Por eso imprimimos una y otra vez sin mirar lo que estamos haciendo.
Luchamos también contra un elemento muy pesado: la comodidad. Ser sostenible aún requiere un esfuerzo que no estamos dispuestos a pagar. Como separar la basura, colocar reductores de caudal en la ducha, o limitar los aires acondicionados. O, volviendo al ejemplo, fijarse en lo que uno compra más allá del precio.
Pero de todos los elementos con los que luchamos, el más poderoso sigue siendo el precio. Y sin embargo, hay está la gran oportunidad de mejora. Es más fácil, hoy por hoy, para una empresa, analizar los modos de producir productos y servicios sostenibles que se igualen en precio con el resto, que no entrar en la conciencia del ciudadano a luchar contra la prisa y la comodidad.
Ahí hay un terreno casi inexplorado de trabajo, cómo convencer al ciudadano para que viva un poco menos deprisa y venza una pequeña parte de su pereza. Y así el uno por ciento de los ciudadanos sinceros con las encuestas crecerá.
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